LA ENCUESTA MANDA… ¿HASTA QUE MANDA EL PODER?

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EL FILO

«“Nada por la fuerza; todo por el derecho y la razón.” — Benito Juárez»

Por Ernesto Álvarez Ibarra

Hay frases que parecen inocentes hasta que la historia política se encarga de ponerlas a prueba.

“La encuesta es la que manda”, ha dicho Imelda Castro al hablar del proceso interno de Morena para definir las coordinaciones municipales en Sinaloa. Y no lo dijo una sola vez. Ha insistido en que quienes encabecen las coordinaciones deberán ser quienes ganen las mediciones, que no habrá repartos entre grupos y que los acuerdos políticos no deben sustituir a la voluntad expresada en las encuestas.

En principio, no hay mucho que objetar.

Si un partido decide utilizar encuestas como mecanismo de selección, lo lógico es que respete su resultado. De lo contrario, la encuesta deja de ser un instrumento democrático y se convierte en una escenografía para legitimar una decisión tomada en otro lugar.

Y aquí aparece una pregunta incómoda para Morena:

¿La encuesta realmente manda o manda mientras el poder político está de acuerdo con ella?

La pregunta no nace de una especulación. Tiene un antecedente concreto en Sinaloa.

En noviembre de 2025, el propio Rubén Rocha Moya relató públicamente que en el proceso interno de Morena de 2021 hubo mediciones que favorecían a Luis Guillermo “El Químico” Benítez. Rocha explicó que el anuncio de esos resultados se suspendió y que posteriormente Andrés Manuel López Obrador intervino después de revisar los datos de intención de voto.

Rocha posteriormente aclaró que no se trataba simplemente de que él hubiera perdido frente a Benítez, porque, según su explicación, otras mediciones sobre intención de voto lo colocaban por encima.

Pero ahí está precisamente el punto político de fondo.

Si existen varias mediciones, ¿cuál es la que vale? ¿La que mide preferencia interna? ¿La que mide intención de voto? ¿O la que finalmente sirve para justificar la decisión política?

Nicolás Maquiavelo entendió hace quinientos años algo que sigue vigente: el poder no solamente necesita tener fuerza; necesita construir legitimidad alrededor de sus decisiones.

Jean-Jacques Rousseau llevó el problema a otro terreno: la legitimidad política no nace simplemente de que alguien tenga el poder, sino de que la voluntad colectiva tenga un papel real en la decisión.

Y Voltaire, desde otra trinchera, defendió la razón y la crítica como instrumentos indispensables frente al poder.

Por eso una encuesta política no debería convertirse en un acto de fe.

Debe ser un mecanismo verificable.

Porque si la encuesta manda, debe mandar también cuando el resultado incomoda.

Y aquí llegamos al segundo episodio de esta historia: las definiciones rumbo a 2027.

Morena acaba de concluir la selección de sus coordinadores estatales en los 17 estados donde habrá elección de gobernador. La dirigencia afirma que recurrió a encuestas en 16 entidades y a un acuerdo de consenso en San Luis Potosí; además, informó que participaron siete empresas encuestadoras en ejercicios espejo.

Pero los resultados también muestran algo políticamente interesante.

En Chihuahua, Andrea Chávez quedó fuera y Cruz Pérez Cuéllar fue seleccionado; Chávez había sido identificada públicamente con el grupo de Adán Augusto López.

En Baja California Sur, Milena Quiroga quedó desplazada y la candidatura terminó en manos del Partido Verde con Manuel Cota.

En Tlaxcala, Alfonso Sánchez García quedó fuera frente a Ana Lilia Rivera.

En San Luis Potosí, Morena decidió no competir en coalición y designó por consenso a Elí César Cervantes, mientras que Ruth González, esposa del gobernador Ricardo Gallardo, quedó fuera del proceso morenista.

En Zacatecas ocurrió otro movimiento significativo: Saúl Monreal quedó fuera por las reglas internas relacionadas con nepotismo y Verónica Díaz terminó como coordinadora, pese a que su cercanía con el grupo Monreal ha sido uno de los principales elementos del debate político alrededor de esa decisión.

Es decir, el mapa que está construyendo Morena rumbo a 2027 no puede explicarse únicamente como una continuidad automática del viejo mapa de lealtades del obradorismo.

Hay movimientos.

Hay desplazamientos.

Hay equilibrios nuevos.

Y hay una realidad que resulta imposible ignorar: Andrés Manuel López Obrador ya no ocupa la Presidencia de la República.

Claudia Sheinbaum sí.

Y eso cambia la ecuación del poder.

No significa que todos los perfiles cercanos a López Obrador hayan sido desplazados. Sería falso afirmarlo. Verónica Díaz, por ejemplo, mantiene vínculos con el grupo Monreal; y en otros estados permanecen figuras con distintas conexiones políticas.

Pero sí puede observarse que varias definiciones importantes no siguieron necesariamente las preferencias públicas o los respaldos políticos de otros grupos de Morena.

Y entonces aparece la verdadera pregunta:

¿Qué está haciendo diferente Claudia Sheinbaum?

Más que hablar de una ruptura con López Obrador, lo que muestran estas definiciones es la construcción de un nuevo equilibrio interno.

El poder presidencial cambió de manos.

Y cuando cambia el centro del poder, cambian también los incentivos, las alianzas y los mecanismos para administrar las diferencias.

Maquiavelo probablemente habría reconocido inmediatamente la escena: ningún poder político se sostiene únicamente por la herencia de su antecesor. Necesita construir sus propios mecanismos de autoridad.

Rousseau preguntaría algo distinto: ¿esa nueva autoridad está expresando realmente la voluntad popular?

Y Voltaire seguramente exigiría algo todavía más sencillo:

Que se publiquen las razones.

Porque ahí está el problema central de las encuestas de Morena.

No basta con decir que hubo encuesta.

No basta con anunciar al ganador.

No basta con pedir unidad a los perdedores.

Hay que transparentar el método, los números y los criterios que llevaron a la decisión.

Morena dice que ahora las encuestas son el mecanismo para impedir los acuerdos de cúpula. Imelda Castro lo ha dicho claramente en Sinaloa: quien gane la encuesta debe encabezar la coordinación.

Entonces la pregunta queda planteada desde hoy:

¿Qué ocurrirá cuando el que gane la encuesta no sea el que quiere el grupo con mayor poder?

Ahí estará la verdadera prueba.

Porque ganar una encuesta cuando el resultado coincide con la decisión política no demuestra demasiado.

La verdadera democracia interna comienza cuando el resultado incomoda al poder y, aun así, el poder lo respeta.

Y quizá esa sea la diferencia entre una encuesta utilizada como método democrático y una encuesta utilizada como instrumento de legitimación.

El tiempo dirá cuál de las dos estamos viendo.

Por lo pronto, Morena tiene frente a sí una contradicción histórica que no puede esconderse detrás de discursos.

En 2021, en Sinaloa, el propio gobernador contó una historia en la que el resultado de una medición interna no terminó siendo, por sí solo, la última palabra.

En 2026, Imelda Castro sostiene que “la encuesta es la que manda”.

Pues bien.

Ahora habrá que esperar al momento verdaderamente interesante:

cuando la encuesta mande algo que el poder no quiera escuchar.

Ahí estará el filo.