“Lo único que debemos temer es al miedo mismo.”
— Franklin D. Roosevelt, 1933
Por Ernesto Álvarez Ibarra
Hay palabras que, cuando las utiliza un político, dejan de ser simples palabras y se convierten en un espejo.
Eso ocurrió cuando Andrés Manuel López Obrador comenzó a calificar como “neofascismo” lo que, según él, ya no es simplemente derecha o ultraderecha, sino una corriente que utiliza mentiras, calumnias y propaganda al estilo de Hitler.
Pero si vamos a hablar de Hitler, entonces vale la pena hacer algo que pocas veces hacemos en política: leer, comparar y analizar antes de descalificar.
No estoy diciendo que López Obrador sea Hitler. Eso sería una comparación histórica absurda.
Lo que sí resulta válido es preguntarnos si algunas de las formas de construir el discurso político de López Obrador tienen semejanzas con técnicas de propaganda que aparecen en Mi lucha.
Y ahí sí hay materia para discutir.
El pueblo contra los otros
La construcción política de López Obrador ha girado durante años alrededor de conceptos como “el pueblo”, “la mafia del poder”, “los conservadores”, “los neoliberales”, “los corruptos” y “la transformación”.
Su discurso presenta frecuentemente una lucha entre dos bloques: de un lado, el pueblo; del otro, quienes se oponen a la transformación.
Ese mecanismo no nació con Hitler. Ha sido utilizado por movimientos políticos de izquierda y de derecha en distintos momentos de la historia.
Pero Hitler llevó esa construcción del enemigo a un extremo criminal: en Mi lucha y posteriormente en la propaganda nazi, la idea de una comunidad nacional se acompañó de la identificación de enemigos internos y externos, particularmente judíos y otros grupos considerados enemigos de la nación.
La diferencia es fundamental.
Morena no es el nazismo.
Su declaración de principios habla de democracia, elecciones, libertades, participación ciudadana, justicia social y transformación por medios pacíficos.
Pero una cosa es la doctrina escrita y otra es el lenguaje cotidiano del poder.
Y ahí es donde la discusión se vuelve interesante.
La repetición como herramienta política
En Mi lucha, Hitler dedicó una parte importante de su reflexión a la propaganda y a la manera de transmitir mensajes a las masas.
La idea de simplificar los mensajes, repetirlos constantemente y convertir conceptos complejos en consignas fáciles de recordar no pertenece exclusivamente al nazismo. Es una técnica política utilizada por prácticamente todos los grandes movimientos de masas.
Pero Hitler la convirtió en una herramienta central de su maquinaria propagandística.
Y aquí aparece el punto que Carmen Aristegui puso sobre la mesa al responder a López Obrador: si se va a hablar de propaganda y de Hitler, también deben revisarse las propias formas de comunicación del poder.
Porque López Obrador construyó durante años una comunicación política basada en mensajes diarios, conceptos repetidos hasta convertirse en parte del lenguaje político nacional y una confrontación constante con sus adversarios.
“Conservadores”, “neoliberales”, “mafia del poder”, “prensa fifí”, “adversarios”, “traidores” y otros términos formaron parte de un lenguaje político que permitió identificar claramente quién estaba con la transformación y quién estaba enfrente.
Eso no convierte a Morena en un movimiento fascista.
Pero sí permite estudiar el fenómeno desde la comunicación política y preguntarnos hasta dónde puede llegar la polarización cuando el adversario deja de ser simplemente adversario y comienza a ser presentado como enemigo.
El problema de llamarle fascista a todo
Aquí también hay que decir algo que quizá incomode a los dos lados.
Si López Obrador llama “neofascista” a todo aquel que se opone a su movimiento, está utilizando una categoría histórica demasiado pesada para convertirla en un simple calificativo político.
Pero exactamente lo mismo ocurre cuando sus adversarios llaman “dictadura”, “comunismo” o “fascismo” a cualquier política de Morena que no comparten.
Las palabras pierden su valor cuando se utilizan como insultos.
Fascismo significa algo concreto.
Nazismo significa algo todavía más concreto.
Y comparar a cualquier político contemporáneo con Hitler exige mucho más que encontrar dos frases parecidas.
Exige demostrar una estructura ideológica, política y de poder.
Por eso la comparación seria no debe ser:
“AMLO es Hitler”.
La comparación seria es:
¿Qué técnicas de comunicación política comparten distintos movimientos de masas, y qué sucede cuando esas técnicas se utilizan desde el poder?
Ahí está el verdadero debate.
Y mientras México habla de fascismo, América Latina cambia de rumbo
Mientras en México seguimos discutiendo si la derecha es fascista o si la izquierda es autoritaria, el mapa político de América Latina está cambiando.
Durante los últimos años vimos el regreso de gobiernos y movimientos de derecha y derecha radical en distintos países.
Y Brasil acaba de convertirse nuevamente en uno de los ejemplos más importantes.
Este domingo, Flávio Bolsonaro derrotó a Lula en la primera vuelta presidencial de Brasil: 47.03% contra 45.16%, según el Tribunal Superior Electoral. Ambos disputarán la segunda vuelta el 25 de octubre.
Es un golpe político importante para Lula.
Y también es un dato que no puede ignorarse cuando se analiza el rumbo continental.
La izquierda latinoamericana que hace algunos años parecía vivir una nueva época de expansión enfrenta ahora una realidad distinta.
En Argentina gobierna Javier Milei.
En Ecuador, Daniel Noboa.
En Chile, José Antonio Kast.
En Brasil, el bolsonarismo acaba de colocarse nuevamente en posición de disputar el poder.
Y en Bolivia terminó el largo ciclo del Movimiento al Socialismo.
No significa que América Latina se haya convertido definitivamente en un continente de derecha.
Significa algo más sencillo:
el péndulo político volvió a moverse.
Y cuando la gente se cansa de un modelo, muchas veces busca el contrario.
El espejo
Por eso López Obrador debería tener cuidado cuando utiliza a Hitler como referencia.
Cuando se invoca al nazismo para atacar al adversario, también se abre la puerta para que los propios métodos de comunicación del líder sean examinados bajo la misma lupa.
Y eso es democracia.
El poder debe aceptar la crítica.
La oposición debe aceptar que también puede ser cuestionada.
Los periodistas deben poder cuestionar al gobierno.
Y los ciudadanos deben poder cuestionar a todos.
Sin excepciones.
El problema de la política comienza cuando un grupo cree tener el monopolio de la verdad y empieza a considerar que quien lo contradice no solamente está equivocado, sino que es enemigo del pueblo.
Ahí es donde hay que detenerse.
No para decir que López Obrador es Hitler.
Sino para recordar que ningún político, de izquierda, derecha o cualquier otra corriente, debe estar por encima de la crítica.
El poder, cuando deja de aceptar preguntas, comienza a mirarse únicamente a sí mismo.
Y la historia ya nos enseñó que los pueblos que dejan de cuestionar al poder terminan pagando muy caro el silencio.
Al poder siempre se le debe cuestionar.