El colapso de la humanidad

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Creo pertinente hacer una pequeña reflexión acerca de lo que hoy acontece en el mundo. Si bien caminamos a pasos agigantados por rutas tecnológicas, la ciencia y la tecnología son pues los pilares sobre lo que se construye la autopista de estos momento actuales. Al preconizarse dichas tecnologías, estamos poniendo en segundo o tercer plano el desarrollo humano. Podríamos pensar que ambos desarrollos, tecnología y desarrollo humano, caminen a la par, sin embargo, las cosas no se miran así. Hasta podríamos decir que ambos desarrollos son inversamente proporcionales, en tanto que la tecnología avanza, el desarrollo humano se detiene. Esta condición de la propia tecnología nos ha llevado, a la humanidad, a descuidar su avance. Habida cuenta de ellos, el hombre, como raza universal, se ve en la disyuntiva de ralentizar su desarrollo como parte de un sacrificio reverenciando el dominio tecnológico. La cosa, es entonces, lo que prevalece. Ya no importa tanto tener los valores universales como herramientas de la conducta humana, pues se cumple con un parámetro en la métrica de la eficiencia. Soslayar el desarrollo humano, nos lleva a priorizar a la cosa misma. Si la humanidad colapsa, es porque se dejó de hacer lo que verdaderamente importa para nosotros mismos. El hedonismo prácticamente paralizó al hombre. Lo hizo flojo y dependiente. El hombre ha dejado de pensar y cuando se deja de pensar, la circunstancia cambia a favor de la inmediatez. Desde luego que lo inmediato es producto de la misma eficiencia de la cosa, lo que nos lleva a depender más de ella misma. Robotizar al hombre sería el siguiente paso y no falta mucho para verlo como algo común. Estamos dejando el sentir humano como si este fuese una carga para avanzar. Como si fuese este el lastre para mantenernos en flotación. Los desencuentros con las generaciones más jóvenes nos lleva a pautar nuestra propias relaciones familiares. El lenguaje cambia y el entendimiento se hace más difícil. El enojo, el odio, el resentimiento, la arrogancia, son parte del ahora lenguaje moderno. El respeto a los demás se convirtió, en parte de una moneda de cambio, con la que se tiene que traficar. Se ha dejado de ensayar en la literatura, en la ciencia, en la historia, y consumimos la basura producto de ideas que se retoman sin analizarlas. No se contrasta nada, solo se replica. No damos cuenta a quienes dañamos, simplemente reproduzco lo que me llega. Recordando que lo que envío lo firmo. El colapso de la humanidad no está en las guerras, está en que dejamos de valorar nuestra propia humanidad. En que las armas modernas nos llaman a probarlas y donde mejor si no en las guerras. A los poderes hegemónicos desde siempre les dejamos de importar. Esos poderes solo quieren territorios y riquezas. Y la humanidad terminará en una de esas guerras que escalan poco a poco. Ya no importa la belleza de una flor, de un paisaje o de un ejemplar animal de mil colores. Ya no importa la magnanimidad de la creación natural ni del hombre en las bellas artes. Solo importa la modernidad de las armas y de lo grande que son para destruir. El colapso de la humanidad es inevitable. Pues aún deteniéndose las guerras, el hambre de la venganza es infinitamente grande. Se mata en nombre de dios. Se aniquila en nombre de la ciencia. Se destruye en nombre de la evolución. Pues para edificar habrá de destruir. La solidaridad es tan solo una palabra sin sentido, pues si el vecino no nos importa, menos importa el que vive del otro lado del mar. Si tu lector puedes imaginar lo que se siente oír las sirenas de ataque aéreo por misiles balísticos, entonces sabes lo que es vivir en una guerra. Pero nos importa más el descuento que viene en el cheque, que la destrucción del mismo mundo. Sea pues. El colapso habrá de llegar, quizás más temprano que tarde. Día de la expropiación petrolera. Seamos libres.

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