Colachi Edición No. 1721

EL GÜILO DE JUANCHENO.
De verdad que no me resulta nada fácil hablar, bueno, en éste caso escribir sobre el hombre de quien desde que tuve uso de razón fue mi guía y mi ejemplo en el diario peregrinar por la vida. Desde luego que me refiero a mi señor padre. Don Emilio Espinoza Castro El Güilo de Juancheno, como era conocido en su solar natal, La Brecha Guasave, porque su padre se llamaba Juan Nepomuceno y lo de güilo porque empezó a caminar a los cinco años de edad y quien recién falleció a la edad de 102 años y ocho meses de edad. Mi padre vivió su tiempo siempre mirando hacia adelante, soñando siempre con un mejor futuro para sus hijos, pese a que los tiempos que le tocó vivir en sus años mozos fueron conocidos como los “tiempos del hambre”, cuando literalmente no había nada que comer y se alimentaban de los frutos silvestres que el campo proveía como las pitahayas, ciruelitas del monte, nanchis y muchas otras. Claro que también, pero muy de vez en cuando, se podía disfrutar de la sabrosa carne de una liebre, que era cazada con un peculiar artefacto. Le explico, porque fui testigo de ello. Normalmente estos animales trazan veredas entre los matorrales por donde se desplazan, aunque en ocasiones saltan algún matorral y continúan su desplazamiento. Pues bien, precisamente en el lugar preciso donde la liebre necesariamente tenía que aterrizar, mi señor padre colocaba una estaca con una punta muy bien afilada donde el animal al caer se ensartaba y moría. Años más tarde, cuando la mayor ´parte de los ejidos del norte de Sinaloa recibieron su dotación de tierras por parte del entonces presidente de la República, Lázaro Cárdenas del Rio. Don Emilio desmontó su parcela con hacha y macheta y empezó a sembrar de temporal pequeñas extensiones de tierra, pues en aquellos años era un sueño pensar en las grandes obras de infraestructura hidráulica como las que existen actualmente. Junto con mi madre, Rosa Rubio, también ya desaparecida, supo forjar una gran familia en la que ha campeado siempre la unidad y la solidaridad. Pero más allá de pretender hacer un panegírico sobre la vida de mi padre, solamente deseo compartir con todos ustedes un episodio que pinta de cuerpo entero su grandeza y humildad. Ocurrió cuando quien esto escribe cursaba la instrucción secundaria en la Escuela Pre vocacional de la capital del Estado. Debo aclarar que pude ir a la escuela secundaria porque junto con varios jóvenes de la época vivíamos en un internado que pagaba la Liga de Comunidades Agrarias como un apoyo para los hijos de los campesinos de Sinaloa. Al frente de la organización campesina, lo recuerdo muy bien, estaba un gran líder como lo fue Francisco Alarcón Fregoso en la época del gobernador Leopoldo Sánchez Celis. Pues bien, ocurrió que tuve necesidad de dinero y ocupaba veinte pesos para comprar algunos libros y útiles escolares, por lo que ni tardo ni perezoso redacte una carta y ser la envié a mis padres. Como era de esperarse el hombre no tenía ni un cinco en ese momento. Sin embargo, aprovechando que por enfrente de su humilde casa iba pasando un amigo que se dedicaba al abasto, es decir al sacrificio de vacas y cerdos, lo interceptó y le pidió que le comprara dos costales de maíz al tiempo, es decir a la cosecha, mismos que se los ofreció en los veinte pesos que yo necesitaba. Sin embargo, ésta persona de la cual omito su nombre para no herir susceptibilidades, le contestó que “no era cochi para comer maíz”. Me comentaba mi padre que cuando escuchó tal respuesta, muy para sus adentros le pidió a Dios que le permitiera verlo “más jodido que yo”. Pasaron algunos años y nuestro personaje cayó en el vicio del alcohol y vino a menos, al grado de carecer hasta de lo más indispensable para dar de comer a su familia. Y no pasó mucho tiempo para que nuestro personaje fuera a visitar a mi padre para pedirle veinte pesos prestados. Quizá recordando la petición que no hacía mucho tiempo le había hecho a Dios, Don Emilio sacó de su bolsa los veinte pesos y se los entregó sin reclamo alguno. De esa estatura y grandeza fue mi padre, Don Emilio Espinoza Castro QEPD. Finalmente y muy humildemente quiero pedir disculpas a mis tres o cuatro lectores por haber ocupado, éste su espacio, para usarlo en primera persona. Gracias y hasta la próxima, D.M.

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