Memes y diversiones se mezclan con violaciones

Algunas campañas mediáticas oficiales se construyen y logran el efecto de dejar de lado nuestras penas y dolores.

El Morrín, un monito blanco sentado en una banca, en Culiacán, provoca una serie de reacciones. Algunas positivas, otras cómicas y otras amorosas.

La publicidad es excelente en cuanto cubre su propósito implícito de alejarnos del análisis de la violación a los derechos humanos y el sufrimiento diario.

También nos aleja de pensar si la detención de policías municipales, en su mero día, se debe a una violación a la soberanía o hay corrupción en ese cuerpo de seguridad municipal.

En materia de salud, por ejemplo, el informe del delegado Adalberto Castro Castro nos expresa que hay vacantes en Ginecología, Traumatología y Oncología y suponemos que no faltan urgenciólogos o cardiólogos cuando, todos los días y a todas horas, los derechohabientes sufren por esta ausencia y deficiencia en el área de primer contacto.

Reconoce que existen deficiencias en infraestructura, pero no nos dice que en cada lluvia el hospital tiene goteras muchas en el primer piso y que hay un peligro de derrumbe ya analizado y advertido. Es entendible porque regularmente en estas jerarquías de salud el que manda es el director del hospital y no el delegado; pero la responsabilidad la tiene el delegado. Así es como es.

Otra, el Hospital General presenta todo el día largas colas de personas en busca de ayuda médica urgente; que no reciben con urgencia. Pero la necesidad de aprobar los hospitales en Culiacán está detenida por los legisladores, que se supone deben responder al sufrimiento del pueblo.

En la violación de los derechos humanos en Tamazula, pueblo de Durango, vecino de Culiacán, un niño de 13 años es obligado por la Marina, en el escenario de una masacre, a tomar una pistola y disparar y, posteriormente, un adolescente de 17 tomó un rifle y fue forzado a descargarlo al aire, según Brenda, una mujer testigo de los hechos.

El Morrín aliviana la carga del sufrimiento diario; pero no es suficiente para respirar un clima de esperanza para nuestros hijos que, como en Tamazula, son obligados a tomar un arma y descargarla; para que se le carguen culpas ajenas.

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